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Los primeros tiempos

A finales del siglo XIX el viñedo y la industria vitivinícola europea son arrasados por una devastadora plaga: la filoxera. Este pequeño insecto aparece en Burdeos hacia 1870. Los bodegueros franceses comienzan entonces la búsqueda de zonas sustitutivas de sus propios vinos, llegando pronto a La Rioja, todavía libre de la temida plaga. Encuentran una región con una tradición milenaria en la elaboración de vinos, pero con una cierta carencia de medios técnicos modernos que les permitan envejecer y conservar los finos caldos durante varios años. El interés de los riojanos por asimilar estas nuevas tecnologías origina una febril actividad y nuestros cosecheros aprenden rápidamente las nuevas técnicas que aportan los bordeleses.

Como consecuencia de toda esta inquietud, surgen varias nuevas bodegas. Entre otras, LA RIOJA ALTA, S.A.

El 10 de julio de 1890, don Daniel Alfredo Ardanza y Sánchez convence a doña Saturnina García Cid y Gárate, don Dionisio del Prado y Lablanca, don Felipe Puig de la Bellacasa y Herrán y don Mariano Lacort Tapia y los cinco juntos firman, ante el notario de Haro, don Vicente García Calzada, la constitución de la "SOCIEDAD VINICOLA DE LA RIOJA ALTA". El capital inicial es de 112.500 pesetas, del que sólo se desembolsó el 20%. Con esas 22.500 pesetas empezó una apasionante aventura empresarial en la que los cinco fundadores tienen como única ilusión la elaboración y crianza de vinos de alta calidad.

No fue, sin embargo, la fundación de nuestra bodega el único hecho importante que ocurrió en Haro en 1890. Aquel mismo año se instaló en Haro y en Jerez, por primera vez en España, el alumbrado eléctrico. Por este motivo y por algún otro menos decoroso, el humor popular acuñó la frase "Haro, París y Londres" para describir las maravillas del mundo. También viene de aquella época la expresión que todos repetimos al acercarnos a nuestra Ciudad: "Ya llegamos a Haro, que se ven las luces".

La ubicación de la bodega es en el término VICUANA, en el célebre Barrio de la Estación de Haro y los terrenos son propiedad particular de las familias Puig de la Bellacasa y Ardanza, que los tienen alquilados a la sociedad. No es hasta 1924 cuando la bodega adquiere en propiedad las fincas que ocupa.

El espíritu europeísta del que hoy tanto se habla, ya se vive en La Rioja y en nuestra bodega en aquellos primeros días. Así, se contrata al francés Vigier para llevar la dirección técnica y pronto se domina la elaboración que hoy llamamos "clásica". Las instalaciones iniciales comprenden las tres naves que hoy están dedicadas a oficinas, tonelería y la propia Nave Vigier y, en edificio separado, la nave de fermentación en cuyas 33 tinas de roble americano hemos encubado nuestras uvas durante los primeros 100 años. Todavía hoy se utilizan, aunque conjugando su uso con el del acero inoxidable.

Tan sólo tres meses después de constituida la sociedad, se acuerda adquirir las primeras 3.500 barricas bordelesas. Hay que tener en cuenta que entonces el vino se vende en su propia barrica. Aquellos precios nos parecen hoy casi una broma: una barrica de 225 litros de la cosecha 1890, incluyendo tanto el vino como la barrica en sí, se ofrece a 200 pesetas. También es cierto que la uva cuesta aquel primer año 1,375 pesetas la arroba, lo que equivale a 0,13 pesetas por kilogramo.

Un año más tarde, el 16 de julio de 1891, la sociedad pasa a denominarse LA RIOJA ALTA. En 1941 la compañía adquiere el nombre definitivo que hasta hoy subsiste de LA RIOJA ALTA, S.A.

En 1892, cuando esta bodega es todavía una recién nacida, ya se elaboran 683.627 Kg. de uva, pero pocos meses después las viñas son diezmadas por la filoxera y el apasionado sector vitivinícola recibe un jarro de agua fría. Son años duros en los que el espíritu empresarial de los bodegueros se pone a prueba para sobreponerse a la mayor crisis de la industria vinícola europea. Las inversiones requeridas para superar las consecuencias de la plaga son importantes. La principal es la importación de pies de cepa americana, inmunes a la filoxera, para después injertarlos con cepas autóctonas como el Tempranillo. Pero no hay mal que cien años dure y nuestros fundadores salen de la crisis más convencidos que nunca de la necesidad de ir hacia vinos de gran calidad. Deciden entonces aumentar la oferta de vino embotellado.

La primera referencia que tenemos del precio de vino en botella, puesto a domicilio en Madrid, se remonta al año 1902, en el que una botella de la cosecha 1894 (¡es un 8°año!) se vende a dos pesetas y la de 1897 (5°año) a 1,50 pesetas.

El 26 de febrero de 1892 se utiliza por vez primera la que todavía hoy es nuestra marca y símbolo: el Río Oja discurriendo nervioso entre cuatro robles, que el 21 de septiembre de 1908 es certificado por el Director General de Agricultura y renovado, como mostramos al inicio de este libro, en 1916.

Desde muy pronto Europa y América empiezan a apreciar los vinos que produce la Sociedad y, en aquella época en que tan en boga estaban exposiciones y concursos, obtiene, entre otros, los siguientes galardones:

  • 1893.Medalla de oro de la Exposición Colombina de Chicago.
  • 1895.Medalla de plata de la Exposición Universal de Burdeos.
  • 1910.Gran Premio de Buenos Aires.
  • 1911.Gran Premio de Toulouse.
  • 1930.Medalla de oro en la Exposición Iberoamericana de Sevilla y Gran Premio en el Segundo Congreso Internacional de la Viña y el Vino en Barcelona..

Desde entonces, es política de la bodega no presentarse a ningún tipo de cata o concurso, aunque en algunos casos nuestros importadores y clientes sí lo hacen.

El mundo del vino está cargado de tradición, de clasicismo, de respeto al pasado. Este respeto se vive hoy en la forma de elaborar la uva, que fermenta en las mismas tinas que hace 100 años, en la forma de trasegar el vino, a la luz de una vela. Y se vive, cómo no, en las marcas bajo las cuales ofrecemos nuestros vinos, ya que su origen está en la mayoría de los casos muy ligado a nuestra historia.

Así, durante los primeros años, la única marca que se comercializa es el actual Gran Reserva 890. El que durante muchos años se llamó "Reserva 1890", como conmemoración del año de nuestra fundación, tuvo que perder, por imperativos legales, igual que posteriormente el "Reserva 1904", la primera cifra. Parece ser que, cuando no era obligatorio poner la añada en la etiqueta, una marca comercial como ésta creaba cierta confusión en el catador respecto al año de la vendimia.

El primer gerente de la bodega es uno de los fundadores, Mariano Lacort Tapia, que desempeña esa función hasta 1922, con unos honorarios para su primer año de 5.000 pesetas. Probablemente uno de los primeros problemas comerciales con los que se encontró fue cómo exportar físicamente el vino a América. Recordemos que en aquellos años España tenía una muy estrecha relación con el Nuevo Continente. Luego llegaron la guerra de Cuba y la pérdida de la colonias en 1898.


Las primeras vendimias se realizan con mulas

Son los años en que la mayoría de los vinos se venden en barrica, siendo embotellados en destino por el cliente. Por eso en aquellos primeros embarques para América, el vino se envía en barrica. Estos viajes en roble son de una importancia extraordinaria para La Rioja, ya que gracias a ellos se comprueba la saludable influencia que la barrica tiene sobre la calidad de los vinos. De esta forma, algo tan trivial como un medio de transporte y embalaje, es determinante para el futuro de los vinos de Rioja, aportándoles el envejecimiento y la calidad que ahora tienen.

Cuenta la voz popular que es también por aquellos primeros años del siglo, al ser los viñedos arrasados por la trágica filoxera, cuando se acuña el término "Reserva". Dicen que un ciudadano francés, debido a la gran escasez de vino que había, guardaba siempre en los establecimientos que frecuentaba algunas cántaras de vino, solicitando, en su siguiente visita, le fuese servida su "Reserva" de vino. Mito o realidad, esta primera idea de un vino especialmente guardado, especialmente "reservado", es lo que hoy define a los Reservas de Rioja.

En el año 1904, el señor Alfredo Ardanza, fundador de La Rioja Alta y propietario, por otra parte, de la Bodega Ardanza, propone la fusión de ambas sociedades, lo que se acuerda por unanimidad. Como celebración de esta efemérides, que además coincidió con una de las mejores cosechas de la historia de La Rioja, se ofrece al mercado un vino muy especial llamado "Reserva 1904", que hoy, con el nombre de "Gran Reserva 904" es uno de los tintos más delicados y complejos de toda la Denominación de Origen.

Estas dos Grandes Reservas se sirven al principio en botellas lacradas, protegidas por un embalaje de paja y en cajas de madera. Años después, se comienza a poner la malla en todas estas botellas. La justificación es la misma: la malla, al igual que el lacre, es un sello de protección que impide que ciudadanos de mala fe caigan en la tentación de cambiar el contenido de la botella por otro de menor calidad para luego revenderla. Actualmente la malla cumple un papel estético.

Pero en aquellos tiempos todo es distinto, hasta la mesura en la bebida. Decía Tasio, trasegador de nuestra casa a principios de siglo, que él sólo bebía al día cuatro traguitos. Eso sí, cada traguito, de cuatro gargantadas y cada gargantada de un cuartillo. ¡Eso hace un total de ocho litros!

Las trasiegas también son diferentes. Se subían las barricas a mano por la cabecera de la pila y en cada fila se creaba un descansillo donde el apilador reposaba. Así, poco a poco, se llegaba hasta la quinta fila y allí se montaban unas rodaderas, por donde se deslizaban hasta el final de la vía las barricas que se iban subiendo.

Era un trabajo muy duro y de gran desgaste físico, pero era el único método que se conoció en La Rioja durante muchas décadas hasta que, a mediados de los 50, el jarrero don Carmelo Hernando inventa el montacargas de barricas, con un complicado sistema de contrapesas, siendo una de las primeras aplicaciones de la "alta tecnología" a las bodegas de Haro.

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